jueves, 21 de mayo de 2015

UNIDAD II: AMÉRICA Y ESPAÑA . LA INVENCIÓN DE OTRO MUNDO

Cuando hablamos de Latinoamérica nos encontramos con varios aspectos problemáticos: Influencia de Europa (Francia, España, Inglaterra) que se caracteriza por el asincronismo; es decir, las tendencias que se dan en Europa llegan con retraso a América.

La Época prehispánica: corresponde a los pueblos indígenas cuya historia es de enorme valor para entender lo posterior. Con rasgos propios, determinan el nacimiento de una nueva sociedad y cultura. Las tres culturas que conviven allí son los aztecas, los mayas y los incas. Estas culturas son conquistadas y divididas en dos grandes virreinatos españoles: Virreinato de Nueva España (aztecas e mayas) y el Virreinato de Perú (incas). El primer virrey, efímero, fue Cristóbal Colón. Su virreinato abarcaba las Antillas. En 1529 se plantea de nuevo el nombramiento de un virrey, ahora para la Nueva España o México. El Virreinato del Río de la Plata se crea posteriormente en el siglo XVIII (1776). 

En Hispanoamérica no hay Edad Media, sino que de la época precolombina se pasa directamente al Renacimiento y el Barroco. Este cambio es muy grande.



La presencia española comienza con la llegada de Colón a América. Se pueden distinguir tres etapas:





Nueva España llegará hasta el sur de EEUU. El Virreinato del Perú, por ejemplo, desde el punto de vista administrativo, era tan grande que era imposible de gobernar.
Estos son algunos de los problemas que se generaron hace siglos.






LOS CRONISTAS DE INDIAS



El acontecimiento mayor de la época fue sin duda el de la creación de este Mundo Nuevo, que partió del Descubrimiento... Esos escritores, nacidos bajo el compromiso de narrar y describir con sencillez y fidelidad los hechos, hombres y lugares de la conquista y colonización de América, se llamaron Cronistas de Indias. Bajo el nombre de «Crónicas de Indias» se agrupan los escritos más diversos sobre el descubrimiento, la conquista y la colonización del Nuevo Mundo. Las narraciones históricas que nos ocupan pueden ser diarios, cartas, crónicas, comentarios, relatos, historias; de carácter autobiográfico, histórico, literario o legendario; generales o particulares; estar escritas por españoles, por mestizos o por indígenas; por quienes vivieron la experiencia (Oviedo, Cabeza de Vaca) , o por quienes escribieron de oídas (Gómara, Pedro Mártir); entre la historiografía popular (Bernal Díaz del Castillo) y la erudita (Gómara); sobre la historia de la evangelización, la naturaleza etnográfica (Oviedo) o de carácter político (Hernán Cortés).


Lectura contextualizadora: 


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Discurso de aceptación del Premio Nobel: "La soledad de América Latina" (1982)







Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 millansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.
















lunes, 23 de marzo de 2015

UNIDAD I/ EDAD MEDIA Y HUMANISMO

EDAD MEDIA 




¿Cómo era ese mundo?



INTRODUCCIÓN: 


La Edad Media es el período de la historia europea entre la caída del Imperio romano de Occidente en el siglo V, hasta el siglo XV.


Su comienzo se sitúa tradicionalmente en el año 476 con la caída del Imperio Romano de Occidente y su fin en 1492 con el "descubrimiento" de América, o en 1453 con la caída del Imperio Bizantino, fecha que coincide con la invención de la imprenta (Biblia de Gutenberg) y con el fin de la Guerra de los Cien Años.

Para recordar fechas y ubicarnos:

E.M= S.V -S XV (Caída del Imperio - Biblia de Gutenberg)



No obstante, las fechas anteriores no han de ser tomadas como referencias fijas ya que nunca hubo ruptura brusca en el desarrollo cultural de Europa.


Parece que el término lo empleó por vez primera el historiador Flavio Biondo de Forli, en su obra “Historiarum ab inclinatione romanorun imperii decades” (“Décadas de historia desde la decadencia del Imperio romano”), publicada en 1438 aunque fue escrita treinta años antes.


El término implicó en su origen una parálisis del progreso, considerando que la Edad Media fue un periodo de estancamiento cultural, ubicado cronológicamente entre la gloria de la Antigüedad Clásica y el Renacimiento. La investigación actual tiende, no obstante, a reconocerle algo más de importancia:  constituye un fundamento de la construcción histórico cultural de lo que hoy llamamos "Europa". 



domingo, 22 de febrero de 2015

Unidad I (continuación)


 de la Edad Media AL HUMANISMO





El siglo XV representa un cambio profundo respecto a la centuria anterior y, sin embargo, no es todavía el Renacimiento. Es un momento de corrientes nuevas y valores antiguos. Es este siglo el que dará el vuelco definitivo hacia la nueva mentalidad que supone el Renacimiento. 


En 1492 los aztecas e incas están en el apogeo; los mayas, en decadencia.
Colón llega a tierra americana y Americo Vespucio, siete años después, en 1499, llega a las costas de América del Sur.


Comienza la fundación de ciudades de tipo europeo: la primera (1494) fue la Isabela; la segunda y más antigua que hoy subsiste; es Santo Domingo (1496), que dio luego nombre a la isla.



HUMANISMO Y RENACIMIENTO

El humanismo es el fenómeno más notable de la nueva cultura. 

El término “humanitas” (así como su equivalente griego de “paideia”, significaba para Cicerón la educación del hombre como tal. De esta forma, durante el Renacimiento, los studia humanitatis sustituyeron el trivium medieval. Los estudios de humanidades comprendían las lenguas clásicas a las que se añade el hebreo y la literatura antigua. Mediante ellas se pretendía educar al hombre en la verdadera humanidad y acercarle el modelo ideal, el del hombre clásico.


Hacia el 1400, pero con antecedentes en el siglo XIII, se desarrolla el Humanismo, un movimiento cultural que tiene como característica filosófica: la afirmación y el valor de la dignidad humana, el derecho a la libre indagación, sin intervención de la autoridad religiosa, y la acentuación de la problemática del libre albedrío.


Desde la perspectiva científica se intensifica el desarrollo de la experiencia sobre la naturaleza y una actitud más pragmática.


En literatura, se incentiva el estudio de la cultura grecolatina, se renueva el interés por los autores de la antigüedad clásica, y el estudio del latín y el griego, lenguas cuyos modelos se imponen para una valorización de las lenguas romances nacionales como el español y el italiano.


Ver el siguiente video:




Los Clásicos


El Renacimiento tuvo sus comienzos y gran desarrollo en Florencia, Italia, y luego se extendió a otros países de Europa.

¿Qué volvió a nacer en Florencia? El estudio de los clásicos griegos, que Europa había olvidado luego de la caída del imperio romano. Es decir casi 1000 años. 
Platón y, principalmente, Aristóteles volvieron a ser estudiados. 

Esto hizo que el humanismo se convirtiera en el sustento de las concepciones principales de esos tiempos. Así el platonismo se comenzó a difundir por toda Europa.  El estudio de la obra de Aristóteles fue responsable por la renovación científica.  

Los clásicos griegos estuvieron olvidados por casi mil años. Fueron los árabes los que disfrutaron del saber griego por todo este lapso de tiempo y éste llegó a Europa en lengua árabe.  Los manuscritos de la sabiduría griega se encontraban en las bibliotecas de las grandes universidades de Bagdad, Cairo, Toledo y Córdoba. Esto es, cuatro siglos antes de que Francis Bacon y René Descartes proclamaran una perspectiva moderna, racionalista, humanística y empírica . 

La lucha entre razón y fé no comenzó con Copérnico o con el juicio de Galileo ante la Inquisición, sino con la controversia sobre las ideas de Aristóteles en los siglos XII y XIII. Muchos especialistas en el medievo creen que el “renacimiento medieval” comenzó con el conflicto entre los cristianos de si aceptaban o rechazaban la ciencia aristotélica.  
Los territorios reconquistados de los árabes, como Toledo, practicaban la tolerancia religiosa. Allí judíos, árabes y cristianos vivían en armonía. De aquí que cuando el rey Alfonso X, el Sabio, que reinó del 1252 al 1284, y sus antecesores tienen conocimiento de los manuscritos griegos en árabe pide a eruditos judíos, cristianos y árabes que los traduzcan al latín. 


Miguel Navia - Toledo medieval.



RENACIMIENTO




Surge una nueva concepción artística. Esta nueva manera de "crear" es el resultado de un espíritu racionalista que tiene horror por todo lo que escapa al cálculo y al dominio del hombre. Para la generación renacentista, la belleza no puede ser irracional, sino el resultado del equilibrio lógico de las partes en el todo; el reflejo de una armonía superior –neoplatonismo. La base del arte del Renacimiento es empírica, se basa en la observación metódica de la realidad, y racional, ya que su modelo de mundo es matemático.



Las manifestaciones artísticas del Renacimiento pleno (1500-1530) no serán el reflejo del arte del pueblo, ni del arte de la burguesía adinerada, como lo fue en el "Quattrocento" (1400), sino el más claro exponente de las aspiraciones de una élite empapada de cultura grecolatina.





Desde el punto de vista intelectual, el arte del Renacimiento adhiere al humanismo y al neoplatonismo y desde lo formal tiene un estilo cortesano.


El ideal del artista responde a una visión de la realidad clásica.



SIGLO DE ORO



Siglo de oro (literatura), término que implica una época de esplendor literario, político y militar. Los escritores del siglo XVI y de comienzos del XVII fueron conscientes muchas veces de estar viviendo una época de esplendor en todos los ámbitos, pero sólo ocasionalmente se sirvieron de la expresión “siglo de oro” para referirse a ella. 

El ejemplo más notable lo ofrece de forma tardía, aunque con un sentido político, Bartolomé de Góngora en El corregimiento sagaz (1656): “Dejando yo ahora los varones heroicos en todo género de aquel siglo del prudente Rey don Phelipe, baste decir que en él floreció el mismo Rey en quien hago epílogo del talento más escogido (en su modo) de aquella edad a mi parecer Siglo de Oro”. El término “Edad de oro”, mucho más frecuente, sobre todo hasta Miguel de Cervantes, sirvió en este momento una vez más para recrear, con nostalgia, el mito de una era de felicidad y paz, a la que habían seguido otras de plata, cobre y hierro, que recorría la cultura occidental desde Hesíodo



BUSCAR Y EXPLICAR LOS SIGUIENTES CONCEPTOS:

1. la afirmación y el valor de la dignidad humana, el derecho a la libre indagación, sin intervención de la autoridad religiosa, y la acentuación de la problemática del libre albedrío.

2. …lenguas cuyos modelos se imponen para una valorización de las lenguas romances nacionales como el español y el italiano…

3. … Para la generación renacentista, la belleza no puede ser irracional, sino el resultado del equilibrio lógico de las partes en el todo; el reflejo de una armonía superior –neoplatonismo-…

4. ... Los escritores del siglo XVI y de comienzos del XVII fueron conscientes muchas veces de estar viviendo una época de esplendor